martes, 12 de febrero de 2019

¿Qué hacemos con doña Carlota y las 100 pelotas que me pinchó?


“De mi barrio la más religiosa era doña Carlota, hablaba de amor al prójimo y me ponchó cien pelotas” dice aquella canción. 

Lo normal es que amemos a aquella señora que nos daba agua después de cada partido que jugábamos en la cuadra, pero ¿quién amaría a la señora religiosa que nunca nos devolvió las pelotas plásticas que se trababan en su casa? Ella no se lo merece por hipócrita y amargada.

Se nos enseña que amemos a los que piensan como nosotros, a los que están a nuestro favor, pero a los que piensan diferente y no siempre apoyan nuestras ideas les vemos como rebeldes, arrogantes y personas que no merecen nuestra estima, "y mucho menos vale la pena escuchar sus razones", pensamos.

Pero ¿es eso lo que realmente nos enseña la Biblia?

«Ustedes han oído que se dijo:
“Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo”. 
Pero yo les digo: Amen a sus enemigos 
y oren por quienes los persiguen»
Mateo 5:43-44.

En el sermón del monte Jesús nos recuerda que amar al prójimo no tiene que ver solamente con amar a los amigos, sino también con amar a nuestros enemigos, no está hablando solamente en el contexto de iglesia, sino en todo contexto donde sus discípulos tienen participación.



¿Acaso el amor es lo que caracteriza a la iglesia actual? Parece que predominan mucho más nuestros prejuicios, nuestros gustos, nuestros credos que no necesariamente tienen como fundamento la Biblia; se trata de nuestro criterio egoísta en muchas ocasiones, sintiéndonos merecedores del cielo y olvidando que fuimos comprados con la más grande muestra de amor, por gracia y no por buenos.

No digo que pensemos como los que piensan diferente, digo ¿De qué sirve tener la razón si mi corazón es falto de amor y desconozco lo que es la compasión? Lastimosamente de nada, los fariseos eran conocedores de la ley, pero en ellos no había compasión, no había muestras del amor de Dios, pero el título de siervos estaba en ellos, eran maestros de la ley ¿De qué sirve?

“Pero a ustedes que me escuchan les digo: Amen a sus enemigos, 
hagan bien a quienes los odian,  bendigan a quienes los maldicen, 
oren por quienes los maltratan...  Si aman sólo a quienes los aman, 
¿qué mérito tiene eso? Lo mismo hacen los pecadores... 
»Ustedes amen a sus enemigos, háganles el bien y préstenles 
sin esperar nada a cambio. Si lo hacen tendrán una gran recompensa 
y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno tanto con los 
ingratos como con los malos. Ustedes sean compasivos, 
así como su Padre es compasivo”
Lucas 6:27-36.

Regularmente decimos «No hagas lo que no te gustaría que te hagan» pero la regla de oro que encontramos en este pasaje dice: «Traten a los demás como a ustedes les gustaría que ellos los traten» no habla de no hacer, dice todo lo contrario, hagan el bien que les gustaría recibir.

En conclusión no estoy acá para condenar y maldecir a doña Carlota por todas las pelotas que pinchó, diciéndole que yo soy mejor que ella, porque yo si amo y ella no, porque yo si soy salvo y ella no ¿en serio pensamos así? El apóstol Pablo decía: 

«Si yo tengo el don de hablar en lenguas humanas o angélicas y 
no tengo amor, soy como un metal que resuena o un platillo que hace ruido.
Si tengo el don de profecía y sé absolutamente de todo, 
y no tengo amor, no soy nada. Y si tengo una fe 
tan grande que puedo hacer que los montes cambien de lugar, 
de nada me servirá sin amor.
Si entrego a los pobres hasta el último bien terrenal que poseo, 
y si dejo que me quemen vivo, pero no tengo amor, de nada me servirá»

1 Corintios 13:1-4.

Mientras muchos pierden el tiempo peleando por cosas que no valen la pena, mientras la razón sea más grande que el amor, lejos estamos de ser la iglesia que debemos ser, si afuera no estamos amando adentro estamos perdiendo.

Puede que doña Carlota no ame mucho, pero ¿yo estoy amando? Perdón doña Carlota por golpear su techo tantas veces, por quebrar algunos vidrios y por patear su puerta recién pintada.

Artículo de: Julio López Carranza. Derechos Reservados

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