martes, 19 de junio de 2018

El poder de perdonar:



Hace algunos días escribí «Carta a mi papá» y he recibido muchos comentarios, algunos de ellos me dicen que es admirable la forma cómo hablo de mi papá en esa carta. Debo decir que en la carta no estoy mintiendo, digo todas las cosas buenas que recuerdo, por supuesto, no todo fue color de rosa y mi papá tomó malas decisiones que me lastimaron mucho, hirieron mi corazón y rompieron a mi familia.

No siempre tuve la paz para escribir lo que expuse en esa carta, por eso tiene tanto significado para mí, porque durante muchos años mi corazón estuvo lleno de odio estaba enojado con mi padre por haber arruinado lo que yo consideraba lo más valioso "mi familia". El alcohol fue el gran causante.

Tenía 14 años cuándo mi corazón enfermo de intenso enojo se encontró con Dios y comenzó el proceso de sanación, esa sanación que no viene por cantar coros o por ir a la iglesia, es una sanación que viene como respuesta a la humillación, si, leíste bien, tuve que humillarme ante Dios y dejé que Él comenzara a limpiar esa parte de mi vida a la que nadie tenía acceso, lloraba solo por la noche en mi cama porque no entendía lo que pasaba en mi vida, con mi familia y me preguntaba ¿Cómo un papá que dice amar a sus hijos les arruina la familia?

El proceso fue valioso porque empezó a restaurar mi autoestima ¿Cómo creen que se sentía ese muchacho? él pensaba que no valía nada, porque su papá que decía amarlo lo había abandonado... seguramente no valía para nadie, pensaba. Pero el trabajo que Dios hizo comenzó en mi corazón, no fue cambiando a mi papá, fue cambiándome a mí. Entonces llegó el día en el que pude pararme frente a mi papá, sin odio y con un corazón (restaurado) lleno de ternura, y capaz de poder darle un abrazo a aquel hombre que tanta falta me hizo durante mi adolescencia.

Dejé de sentirme el juez que espera el castigo máximo para el condenado y dejé de sentir lástima de mí mismo, ya no era más una víctima de mi pasado, me convertí en alguien que entendió que en medio de todas dificultades habían procesos formativos que me hicieron la persona que hoy soy. Entendí que mi papá también necesitaba la redención que sólo Dios puede dar, redención que conocí en mi necesidad y me enseñó que no hay nada más asfixiante que un corazón lleno de odio.

Mi papá falleció cuando yo tenía 18 años, pero antes de ese día trágico, tuve algunos años para visitarlo, para hablar con él, reír un poco, ver algún partido de fútbol, pero recuerdo con gran valor la vez que caminábamos juntos y puse mi brazo sobre él, caminamos como dos buenos amigos, que se abrazan mientras platican de algo ameno. Tiempo después me dijo: "¿Sabes qué me llenó tanto? la otra vez que me abrazaste" ¡wow! esas palabras fueron valiosas y las recuerdo y me alegro de haberlo abrazado y me alegro de haber llegado con un corazón sano, lleno de amor, como si nada hubiera pasado, porque extraño a mi viejo, pero lo extraño con el corazón de hijo que ama y no con remordimientos y dolor.

Muchas veces nos llenamos de odio, de rencor y lo único que eso logra es enfermar nuestro corazón, enfermar nuestra alma, porque en un corazón lleno de odio no puede habitar Dios. Toca humillar nuestro corazón, reconocer que solos no podemos y Dios con todo el amor, Dios es amor, está dispuesto a sanarnos y llenarnos de eso que Él es... amor.

Autor:
Julio López Carranza
Derechos reservados.

1 comentario:

  1. WOW ! Es exactamente lo que me paso a mi con mi fallecido Padre, nunca pude decirlo con palabras hoy he encontrado que los has escrito para mi, Gracias Julio !.-
    Si me permites lo voy a compartir, Abrazo gigante desde la ciudad de Laprida, Argentina.-
    https://www.facebook.com/gustavoymyrianorchiani

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